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Hacer campo: el desafío de construir una profesión
Quisiera comenzar con una pregunta: ¿en qué momento empieza a existir una profesión?
¿Cuando se abre una carrera, cuando se sanciona una ley, cuando se entrega una matrícula? Son momentos importantes, pero si nos quedamos solamente con ellos, corremos el riesgo de contar la historia del acompañamiento terapéutico desde su punto de llegada y no desde el camino que lo hizo posible.
Hoy tenemos tecnicaturas, licenciaturas, organizaciones, investigaciones y debates sobre el ejercicio profesional. Son conquistas que debemos defender. Pero me interesa plantear una cuestión: ¿podemos consolidar una profesión si, al hacerlo, dejamos afuera de su relato a quienes participaron en construirla?
El acompañamiento terapéutico no nació en un aula universitaria. Nació de problemas clínicos que exigían otras respuestas, del trabajo de equipos que necesitaban ampliar sus intervenciones y de la presencia de acompañantes en los lugares donde transcurre la vida.
Un campo que ya se estaba construyendo
Antes de contar con carreras, hubo experiencias que debieron encontrar un nombre, delimitar una función y elaborar sus propios interrogantes: ¿qué hacemos cuando acompañamos?, ¿cuál es el sentido terapéutico de nuestra presencia?, ¿cómo trabajamos con otros?, ¿dónde están los límites de nuestra intervención? Esa construcción no fue individual ni espontánea. Se transmitió en instituciones, supervisiones, grupos de estudio y cursos.
Esos espacios fueron heterogéneos, desde luego. No todos ofrecieron igual duración, exigencia ni calidad. Pero allí también se discutieron casos, se formularon problemas, se formaron generaciones de acompañantes y se construyeron modos de pensar una práctica que todavía no contaba con las actuales formas de reconocimiento.
Me importa subrayar esto: los cursos no fueron solamente un escalón rudimentario hacia una formación mejor. Fueron parte de la infraestructura humana e intelectual que permitió que el campo creciera.
Si hoy podemos discutir qué debe enseñar una tecnicatura o qué conocimientos debe producir una licenciatura, es porque antes hubo personas que construyeron preguntas, experiencias y saberes dignos de ser enseñados y revisados.
Organización, formación y memoria
Los encuentros nacionales dan cuenta de ese recorrido.
En 1983 se realizó el Primer Encuentro Argentino sobre Acompañamiento Terapéutico en Psiquiatría.
En 1994, el Primer Congreso Nacional propuso articular la clínica y la teoría.
Y en 2001, en Córdoba, el Segundo Congreso Argentino tuvo como eje la inscripción institucional y académica del acompañamiento terapéutico.
Detengámonos un instante en ese último título: ya se pedía una inscripción académica desde un campo que existía, se reunía y pensaba colectivamente su futuro.
En esa historia, el 3 de mayo de 2003 constituye otro hito: se fundó la Asociación de Acompañantes Terapéuticos de la República Argentina, AATRA, la primera asociación de alcance nacional, con propósitos científicos y profesionales. Su creación retomó la iniciativa gestada en el encuentro de Córdoba y otras experiencias asociativas previas. Bajo la primera presidencia de Federico Manson, reunió trayectorias de diferentes regiones del país.
AATRA expresó algo más que la voluntad de constituir una institución. Expresó la necesidad de construir un nosotros: impulsar congresos y producción científica, promover la formación, discutir condiciones de ejercicio y reclamar reconocimiento académico y legal. Y todo eso fue impulsado, en gran medida, por acompañantes cuyas trayectorias no seguían todavía los recorridos universitarios que hoy conocemos.
No menciono esta historia para idealizarla. La menciono porque nos obliga a reconocer una paradoja: sería muy difícil explicar la profesionalización actual si borráramos del campo a quienes sostuvieron las formaciones, las prácticas y las organizaciones que la impulsaron.
Profesionalizar sin borrar el recorrido
En paralelo, y con mayor desarrollo durante las décadas siguientes, se extendieron las tecnicaturas superiores y universitarias, y posteriormente las licenciaturas. Y su contribución es decisiva. Un título oficial no es un simple símbolo de prestigio: supone planes de estudio, condiciones de evaluación, prácticas formativas y responsabilidades definidas. La universidad, además, abre caminos para investigar, enseñar, producir conocimientos y participar en políticas públicas. Necesitamos todo eso.
Necesitamos también discutir críticamente las limitaciones de las formaciones anteriores y elevar la calidad de lo que ofrecemos a quienes acompañamos. Pero reconocer el valor de las carreras no requiere sostener que antes de ellas no había un campo profesional en construcción, ni que todo lo previo debe desaparecer. La universidad no recibió un territorio vacío. Recibió preguntas y recorridos que ayudó a sistematizar, ampliar y transformar.
Aquí aparece la tensión que quiero dejar planteada. ¿Qué sucede cuando la jerarquización comienza a confundirse con una disputa por quién puede reconocerse como parte de la historia del acompañamiento terapéutico? ¿Qué pasa cuando una credencial, indispensable para determinadas habilitaciones, pretende convertirse también en el único criterio para valorar la experiencia, la transmisión y la producción de saber?
Seamos precisos: un curso, una tecnicatura y una licenciatura no son equivalentes. No tienen la misma extensión, las mismas exigencias ni necesariamente los mismos alcances legales. Tampoco la experiencia, por valiosa que sea, reemplaza la formación ni autoriza cualquier intervención.
Defender el campo exige formación rigurosa, ética, supervisión y regulaciones que protejan a las personas que acompañamos. Pero hay una distinción que no deberíamos perder: una cosa son los requisitos para ejercer hoy determinadas funciones y otra es el reconocimiento histórico de quienes ayudaron a constituir el campo.
Confundir ambos planos puede llevarnos a convertir una conquista necesaria en un motivo de fragmentación. Y esa fragmentación no sería solamente un problema simbólico. Podría debilitarnos en cuestiones concretas: la posibilidad de acordar estándares formativos, defender condiciones laborales, sostener asociaciones plurales y producir conocimientos que dialoguen entre territorios y generaciones. Si cada sector se dedica a desautorizar al anterior, ¿quién se ocupa de construir un proyecto común?
Construir un proyecto común
La dimensión federal vuelve aún más delicado este problema. Las oportunidades de formación no llegaron al mismo tiempo a todas las provincias, ni estuvieron igualmente disponibles para quienes viven lejos de los centros universitarios. No podemos exigir recorridos nuevos sin pensar, al mismo tiempo, cómo facilitar el acceso a ellos.
La profesionalización necesita reglas claras, pero también articulaciones, actualización y mecanismos responsables de reconocimiento y evaluación de trayectorias previas cuando la normativa lo permita. No equivalencias automáticas: caminos formativos posibles y exigentes.
También quisiera evitar otro equívoco: profesionalizar no es solamente multiplicar títulos. Una profesión se fortalece cuando sus integrantes pueden trabajar con remuneraciones dignas, encuadres claros, supervisión disponible y reconocimiento dentro de los equipos. Si crecen las credenciales pero persiste la precariedad, nuestro campo seguirá teniendo una deuda con quienes lo sostienen todos los días.
Como acompañantes terapéuticos, conocemos el valor de los procesos. Sabemos que ninguna intervención empieza desde cero: siempre hay una historia, vínculos y condiciones que debemos comprender antes de actuar. Me pregunto si no necesitamos esa misma prudencia cuando pensamos nuestra profesión.
No se trata de quedarnos donde estábamos ni de sostener que todo lo anterior fue suficiente. Se trata de transformar una herencia sin negarla.
Hacer campo, entonces, no significa borrar diferencias entre formaciones. Significa reconocerlas, establecer responsabilidades, sostener la calidad y construir puentes entre quienes forman, investigan, trabajan y se organizan.
Los cursos pueden seguir aportando a la actualización y la formación permanente;
Las tecnicaturas, a una formación profesional sistemática;
Las licenciaturas, a ampliar la producción académica y el desarrollo disciplinar.
No ocupan el mismo lugar, pero tampoco tienen por qué concebirse como enemigos.
Quisiera terminar con una idea. La pregunta no es quién puede adjudicarse la propiedad del acompañamiento terapéutico. La pregunta es qué profesión queremos dejar a quienes vienen después.
Una profesión con títulos y regulaciones, desde luego; con investigación y responsabilidades bien definidas. Pero también con memoria, organización y capacidad de reconocer los caminos recorridos.
Porque las conquistas actuales no se explican sin quienes antes enseñaron, acompañaron, discutieron y se asociaron. Y porque el futuro no se construye defendiendo un pasado inmóvil, sino haciendo de esa historia una responsabilidad compartida.
Hacer campo es eso: lograr que cada avance en la profesionalización amplíe nuestras posibilidades colectivas, en lugar de estrecharlas.
Que el acompañamiento terapéutico crezca sin desconocer aquello que lo hizo posible.
